|
De las espadas forjaran arados, de las lanzas podaderas. (Is, 2,4)
Eran alrededor de las cinco y media de la tarde, del día 20 de Diciembre de 2011, llegaba de celebrar una eucaristía en una vereda de Cajibio (Cauca), me dispuse a darle otra mirada a los textos de las lecturas del día para la misa de las siete y el rezo de la novena. Leía el pasaje en el que el profeta Isaías se presenta ante el rey Acaz para decirle que pida una señal a Dios, ante la negativa del rey el profeta le replica que si no le basta cansar a los hombres que quiere también cansar a Dios, en ese preciso momento escuché una ráfaga de disparos, seguida de otra y de otra y de pronto parecía un nutrido combate. Al parecer la guerrilla hostigaba al cuartel de policía que se encontraba a unos 10 metros de distancia de la casa cural donde yo estaba, desde el cuarto alcanzaba a escuchar los gritos y las direcciones que se daban los policías y soldados hacia donde disparar, los disparos duraron alrededor de unos cuarenta y cinco minutos, luego todo quedó en silencio.
Mas o menos a las seis y treinta salí de la casa cural y el pueblo estaba en silencio y sin una persona caminando alrededor del parque. Se suponía que a esa hora salía una procesión desde el hospital hasta la iglesia acompañando a los personajes del pesebre para asistir a la eucaristía y al final rezar la novena. El sacristán se había ido y las puertas de la iglesia estaban cerradas, a las siete abrimos las puertas y tocamos las campanas, parecía que nadie vendría a la misa pues la gente estaba asustada y temerosa de un nuevo ataque y preferían preservar la vida antes que exponerse. A la hora de la eucaristía cuando el pueblo debía prepararse para el encuentro con Dios, las calles estaban vacías y las casas cerradas, como si con los tiros se quisiera quitar ese derecho de una comunidad a celebrar su fe. Pasadas las siete de la noche comenzamos la eucaristía con unas cuantas personas a las que luego se sumaron otras, al final pudo más la confianza en Dios y el poder de la oración que el temor. Pude ver en los rostros de las personas lo que causa este tipo de violencia: miedo, temor, pavor, un pueblo atemorizado por unos cuantos que queriendo demostrar su poder no les importa lo que producen en niños, ancianos y señores, para quienes esos acontecimientos son un absurdo que sólo causan miedo, incertidumbre, e indignación, al sentirse impotentes ante una realidad que parece superarlos. Las palabras del profeta volvieron a resonar en mi y me preguntaba si eso que estaban haciendo estos grupos no era una manera no sólo de cansar a los hombres si no también al mismo Dios. Creo que este pueblo está cansado de la violencia, así como está cansada Colombia de esta violencia en la que muchos han entrado sin querer. En la lectura del evangelio de ese día, san Lucas nos narra como el ángel Gabriel fue enviado a Nazaret a anunciarle a María la buena noticia de su embarazo, en cambio aquí, las balas anunciaban una mala noticia, un día de tristezas y una noche de incertidumbres. Después de la eucaristía y pasado el temor le di gracias a Dios, por estar allí, por ser testigo de lo que vive el pueblo y sobretodo por ser un Misionero compartiendo su fe, su esperanza y su deseo de paz con el pueblo. ¡Oh! Dios, vuelve a anunciarnos tu palabra, que resuene tu luz y que tus ángeles anuncien la paz a los hombres de buena voluntad que habitan en esta tierra. No permitas Señor, que las fuerzas de la oscuridad triunfen sobre el bien. Desbarata los planes de los malhechores y trae paz a los humildes y sencillos que sólo anhelan vivir con tranquilidad. Amen. |